La conciencia | Resumen | Psicología

 

Nuestra conciencia normal en la vigilia no es sino un tipo especial de conciencia, mientras que alrededor de ella, separadas por la más sutil película, se encuentran formas completamente diferentes de conciencia - WILLIAM JAMES 


Como recordará del capítulo 1, William James (1842-1910) fue uno de los primeros psicólogos más famosos. ¿Qué quiso decir con “conciencia normal en estado de vigilia” y con “formas completamente diferentes de conciencia”? Usted y yo normalmente empleamos el término conciencia, pero, ¿qué significa exactamente? ¿Se trata simplemente de un estado de “alerta”? ¿Qué sería “no ser consciente”? ¿Cómo podemos estudiar los contenidos de nuestra conciencia cuando el único instrumento para descubrirlos es el objeto mismo de estudio? ¿Cómo puede estudiarse a sí misma la conciencia de la mente? Conciencia es un concepto fundamental en el campo de la psicología, pero que elude cualquier definición simple (Damasio, 1999). 


Para responder a estas interrogantes, en nuestra primera sección, “Cómo entender la conciencia”, comenzamos por considerar de manera general la definición y descripción de conciencia. En la sección “Dormir y soñar” examinaremos cómo cambia la conciencia a consecuencia de los ritmos circadianos, el sueño y las imágenes oníricas. En la sección “Drogas psicoactivas” se consideran este tipo de drogas y sus efectos en la conciencia. En nuestra sección final, “Formas más saludables de alterar la conciencia”, se exploran otros caminos para llegar a los estados alterados de conciencia, como la meditación y la hipnosis. 


CÓMO ENTENDER LA CONCIENCIA 

¿Cómo la definimos? El participante como investigador 

Nuestra definición de conciencia es bastante simple y ampliamente aceptada hoy: conocimiento que tiene un organismo de sí mismo y de su entorno. A finales del siglo XIX, cuando la psicología se convirtió en una disciplina científica separada de la filosofía, se definía a sí misma como “el estudio de la conciencia humana”. Pero ese nebuloso campo de estudio generó finalmente una gran insatisfacción en el ámbito profesional. Los conductistas, un grupo de psicólogos encabezado por John Watson, de hecho consideraban que el objeto de estudio apropiado de la nueva ciencia debía ser la conducta y no la conciencia. Watson declaró: “al parecer ha llegado el momento en que la psicología debe desechar toda referencia a la conciencia; ya no necesita engañarse pensando que los estados mentales son su objeto de observación” (1913, p. 164). 


En los últimos años, la psicología ha renovado su interés original por la conciencia gracias a las investigaciones en los campos de la psicología cognoscitiva y cultural. Además, los progresos en la tecnología científica, como el electroencefalograma (EEG), la tomografía por emisión de positrones (PET) y la resonancia magnética funcional (RMf), permiten estudiar científicamente la actividad cerebral durante varios estados alternos de conciencia (EAC). Los EAC comprenden los momentos en que dormimos y soñamos, los cambios inducidos a nivel químico por las drogas psicoactivas, el soñar despierto, las fantasías, la hipnosis, el ayuno, la meditación y hasta el llamado “subidón del corredor” debido a la adrenalina. Muchos neurocientíficos consideran que la conciencia cotidiana normal, lo mismo que los EAC, se relacionan a final de cuentas con patrones de actividad nerviosa en el cerebro, aunque el lugar o funcionamiento preciso de este “asiento de la conciencia” todavía no se descubre. 


¿Cómo la describimos? Una corriente continua con diferentes profundidades

Posiblemente, resulte más fácil describir la conciencia que definirla. El primer psicólogo estadounidense, William James, relacionó la conciencia con un flujo, una corriente que cambia constantemente, pero siempre es la misma. Serpentea y fluye, a veces hacia donde la persona quiere y a veces no. Sin embargo, mediante el proceso de atención selectiva (capítulo 4), podemos controlar nuestra conciencia por medio de la concentración deliberada y total atención. Por ejemplo, en este momento usted está completamente despierto y concentrado (espero) en las palabras de esta página. Sin embargo, a veces su control puede debilitarse y su flujo de conciencia puede desviarse hacia pensamientos sobre la computadora que usted desea comprar, su trabajo o una compañera o compañero de clases atractivo. 


Además de serpentear y discurrir, su “flujo de conciencia” también varía en profundidad. La conciencia no es un fenómeno de todo o nada —consciente o inconsciente—, sino que existe en un continuo que va de una gran conciencia y estado de alerta agudo y concentrado en un extremo, a niveles intermedios de conciencia como soñar despierto y la inconsciencia y el estado de coma en el otro extremo (tabla 5.1). 


Proceso controlado versus automático 

Además de existir en un continuo, la conciencia también comprende un proceso controlado y otro automático. Cuando usted trabaja en una tarea que le exige mucho o aprende algo nuevo, como conducir un automóvil, la conciencia se encuentra en el extremo alto del continuo. 


Estos procesos controlados exigen una atención concentrada y generalmente interfieren con otras actividades que se realicen en el momento. ¿Alguna vez se ha quedado tan absorto durante un examen que se olvida completamente de su entorno hasta que el maestro anuncia: “se acabó el tiempo”, y le pide su examen? Este tipo de atención concentrada es la marca distintiva de los procesos controlados. 


En contraste, los procesos automáticos exigen atención mínima y generalmente no interfieren en otras actividades en curso. Recuerde en su infancia la primera vez que se maravilló por la capacidad de sus padres para conducir un automóvil. ¿Le sorprende que ahora usted pueda escuchar la radio, pensar en sus clases y platicar con otros pasajeros mientras maneja? Aprender una nueva tarea exige una concentración completa y un procesamiento controlado, pero una vez que ha aprendido bien la tarea, puede relajarse y confiar en sus procesos automáticos (Geary, 2005). 


Los procesos automáticos generalmente son útiles. Sin embargo, hay ocasiones en las que estamos en “piloto automático” y no queremos estarlo. Considere los problemas del novelista Colin Wilson (1967): 


“Cuando aprendí a escribir a máquina, fue muy doloroso, sudaba de los nervios y

hasta lágrimas me costó. Pero en cierto momento ocurrió un milagro y esta

complicada operación fue “aprendida” por un útil robot que escondo en mi mente

subconsciente. Ahora sólo tengo que pensar en lo que quiero decir y mi secretario

robot es el que escribe. Realmente es muy útil. También conduce el automóvil por

mí, habla francés (no muy bien) y en ocasiones dicta cátedras en universidades

estadounidenses. [Mi robot] es muy inoportuno cuando estoy cansado, porque

entonces se encarga muchas de mis funciones sin siquiera preguntarme. Lo he

descubierto incluso haciendo el amor con mi esposa. [p. 98]”



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